Hoy no imaginamos la vida sin estar comunicados, conectados y viendo la vida de los demás a través de las redes sociales. La comparación y la competencia se encuentran en la primera fila y la validación externa se transformó en seguidores, likes y compartidos. La autoestima se vio interpelada por la proyección del yo en las redes, una comunidad de gente que aprueba o desaprueba cada paso que damos o cada palabra que escribimos o decimos.

La distorsión de la imagen que tenemos sobre la propia vida se ha visto envuelto en un dilema existencial. La fragilidad de la identidad fue sojuzgada por la opinión de otro. Importa más lo que otros piensan de uno, que lo que se piensa sobre uno mismo. Estamos conectados sin estarlo en verdad. Buscamos, muchas veces, oxígeno en las redes sociales, combustible para nuestra existencia y la adrenalina que nos ayude a seguir adelante. El like que nos salve de un mal día o un nuevo seguidor que nos haga sentir parte.

La otredad en las redes sociales

El espejo aparece y toma protagonismo cuando llega la información porque, de esta manera, refuerza nuestros sesgos de confirmación. La información es seleccionada y recortada de la realidad para autosatisfacernos como individuos, pero dentro de grupos. La identificación es con otros, no aislados socialmente.

Las redes se han transformado en escudos para proteger el interior, para reforzar el ego o destruirlo, para salir al mundo, un mundo de iguales que no se atreve a lo diferente, ya sea por temor a ser rechazado por el otro y por la falta de coraje. La dualidad que genera este proceso deviene según el trabajo interno previo que se haya realizado.

La otredad en las redes sociales

Porque no está permitido ser diferente, hay que encajar en los roles que se nos imponen desde afuera, hay que reflejase en ese otro que, en el fondo, busca lo mismo, pero hace lo contrario. La disputa con uno mismo se encuentra en cada posteo que se ve en las redes sociales, lo inalcanzable del otro, ese espejo que solo muestra lo agradable y oculta lo que duele.  No hay espacio para lo incómodo, hay que ser feliz a cualquier precio, la felicidad como el fin último. No se puede mostrar a alguien vulnerable porque como dicen “te devorarán los de afuera”.

En las redes sociales, la otredad ha dejado de ser el otro para transformarse en una proyección del yo, en la prolongación de la vida de uno, que se pierde en el medio de la exposición. Pero nada alcanza para ser feliz porque la identidad individual se ha transformado en colectiva. La existencia pasó a ser colectiva. La cercanía se convirtió en una lejanía y los intentos de ser diferente a un otro se han vuelto una utopía, en un universo en donde si no aparentás, no pertenecés, por lo tanto serás invisible.

Por: Carolina Dávila, licenciada en Ciencia Política y periodista acreditada en el Congreso de la Nación.